Patologías, Salmón, Trucha

Enfermedades en piscigranjas de salmón y trucha: la pequeña quiebra perdiendo 7% y la grande aguanta 63%

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By Milthon Lujan

Jaula de cultivo de trucha. Fuente: SANIPES
Jaula de cultivo de trucha. Fuente: SANIPES.

Un productor de trucha revisa sus raceways al amanecer, como cualquier otra mañana. El agua corre limpia; los peces suben a comer. Todo parece normal. Pero unos días después empieza a ver algunos ejemplares nadando de costado, otros que ya no responden al alimento. No es una mortandad masiva —apenas una fracción del lote—, pero es suficiente para encender la alarma. Lo que ese productor no sabe todavía es que, si su piscigranja es pequeña, esa pérdida aparentemente menor puede ser la diferencia entre pagar las cuentas del mes o no poder hacerlo.

Esa es la conclusión más contundente de un nuevo estudio económico sobre la industria de salmónidos en Estados Unidos: el tamaño de la piscigranja decide, más que casi cualquier otra cosa, qué tan devastador resulta un brote de enfermedad. Y las piscigranjas chicas son las que más tienen para perder.

Puntos clave del estudio

  1. Las granjas pequeñas son mucho más frágiles. Una operación pequeña de trucha para consumo entra en problemas de caja perdiendo apenas un 7% de su cosecha comercializable. Una granja grande de trucha recreativa aguanta hasta un 63% antes de llegar a ese mismo punto.
  2. El punto de quiebre a largo plazo es aún más bajo. Cuando se cuentan todos los costos (no solo el efectivo), algunas granjas dejan de ser rentables perdiendo solo entre 3% y 59% de su producción, según el tipo y la escala.
  3. Un vaciado sanitario total puede ser catastrófico. Una despoblación obligada equivale a perder el 100% de la cosecha: en las granjas de trucha más chicas eso significó una caída del ingreso equivalente al 1.520% de un año normal. En las más grandes, «solo» el 158%.
  4. El sistema de cultivo también decide. El salmón en jaulas de mar resistió hasta un 40% de pérdida sin caer en números rojos, mientras que la producción en sistemas de recirculación (RAS) no fue rentable en ningún escenario —ni para salmón ni para trucha—, incluso antes de considerar una enfermedad.
  5. El golpe se siente en toda la economía. Cada 1% que caen las ventas nacionales de salmónidos por un brote se traduce en 3,9 millones de dólares de producción económica perdida y 22 empleos. Una caída del 25% costaría 98,7 millones y 541 empleos.

Un negocio grande, silencioso y sorprendentemente expuesto

La acuicultura de salmónidos es el segundo sector de peces de aleta más importante de Estados Unidos. En 2022 aportó 886 millones de dólares y más de 2.000 empleos. Sin embargo, la mayor parte del salmón que se consume en el país llega importado, mientras que la trucha para mercados recreativos —la que se vende viva para poblar lagunas privadas, clubes de pesca y programas gubernamentales— se cría casi toda dentro de las fronteras.

Ese comercio global de peces y ovas trae consigo un pasajero indeseado: los patógenos. Brotes históricos como el virus de la anemia infecciosa del salmón (ISAV) devastaron a la industria chilena entre 2006 y 2010, reduciendo la producción total en un 75%, y golpearon también a Maine y Canadá. El problema es que, hasta ahora, nadie había puesto números finos sobre la mesa: ¿a partir de qué punto un brote deja de ser un mal trago y se convierte en la quiebra de una granja? Ese es exactamente el vacío que vinieron a llenar Carole Engle y su equipo, en un trabajo publicado en el Journal of the World Aquaculture Society con investigadores de Engle-Stone Aquatic LLC, Texas A&M University, Virginia Tech University, Mississippi State University, University of Kansas y Aquaculture Results LLC.

Cómo se midió lo que antes solo se intuía

Durante años, la industria supo que las enfermedades cuestan caro. Lo que no se entendía bien era cuánto y, sobre todo, a quién le duele más. Comparar el efecto de un patógeno específico es casi imposible: la mortalidad de una misma enfermedad puede ir de leve a arrasadora según la temperatura del agua, la etapa de vida del pez, la densidad de siembra o la ubicación de la granja. El virus IHNV, por ejemplo, puede matar entre el 20% y el 94% de un lote. El ISAV, en sus formas severas, supera el 90%.

En lugar de perderse en ese laberinto de variables, los investigadores tomaron un atajo inteligente: usaron la cosecha comercializable —el peso total de peces que una granja logra vender en el año— como un termómetro único que resume todos los efectos de una enfermedad. Porque al final, no importa si el pez murió, creció menos o quedó deforme y no se pudo vender: todo eso se traduce en menos kilos facturados.

El equipo construyó nueve «granjas modelo» representativas, basadas en encuestas reales que cubrieron el 94,5% de la producción nacional de salmónidos. Iban desde una operación de salmón en jaulas de 2.500 toneladas al año hasta una pequeña granja de trucha recreativa de apenas 17,7 toneladas. Luego, a cada modelo le fueron restando cosecha —5%, 10%, 20%, hasta el 100%— para ver en qué momento el negocio empezaba a hacer agua.

El hallazgo que cambia cómo pensar el riesgo

Aquí es donde aparece el dato que debería hacer ruido en toda la industria. No todas las piscigranjas resisten igual. Una piscigranja pequeña de trucha para consumo —27,2 toneladas al año— empieza a tener problemas para pagar sus cuentas apenas pierde el 7% de su cosecha. Su prima grande, una granja recreativa de 453,6 toneladas, puede aguantar hasta un 63% antes de llegar al mismo punto de asfixia financiera.

¿Por qué esta diferencia tan brutal? Las granjas grandes reparten sus costos fijos entre muchos más kilos de pescado, y suelen tener márgenes que les dan colchón para absorber golpes. Las chicas operan al filo: cualquier tropiezo las empuja al vacío.

El contraste se vuelve dramático en el peor escenario posible, el vaciado sanitario total. Cuando una autoridad regulatoria ordena despoblar una granja de peces para contener un patógeno, el productor pierde todo su inventario de golpe, sin nada que vender y con años por delante para reconstruir sus stocks. En términos de dinero, eso significó pérdidas de 19,3 millones de dólares por granja en el escenario de salmón en jaulas, 7,9 millones en la granja grande de trucha para consumo y 4,85 millones en la granja recreativa más grande. Pero, medida como golpe a la salud financiera del negocio, la granja de trucha más pequeña sufrió una caída equivalente al 1.520% de su ingreso anual normal. Un número que, traducido, quiere decir una sola cosa: la ruina.

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Ese peligro de vaciado no es teórico. La misma introducción de patógenos que motivó este estudio pasa, sobre todo, por las ovas importadas, ya que rara vez se traen peces vivos. Por eso las prácticas de bioseguridad y la desinfección de huevos antes de entrar a la granja son la primera línea de defensa.

Salmón en jaulas o en tanques: el sistema pesa tanto como el tamaño

Con el salmón, el estudio dejó ver un contraste igual de revelador, pero por otro motivo. Los investigadores modelaron dos maneras de criarlo: las tradicionales jaulas flotantes en el mar y los modernos sistemas de recirculación (RAS).

La granja de salmón en jaulas resultó notablemente resistente. Mantuvo tanto su flujo de caja como su rentabilidad en positivo incluso perdiendo el 40% de la cosecha. El punto en que dejaría de ser rentable a largo plazo llegaba recién con una caída del 50%, y los aprietos de caja para pagar las cuentas, con una del 58%. Dicho de otro modo: un brote tendría que ser realmente severo para poner en jaque a una operación de este tipo.

El salmón en RAS mostró la cara opuesta. Ni siquiera en el escenario base —sin enfermedad alguna— logró ser rentable una vez contados todos los costos. Y empezó a sufrir problemas de caja perdiendo apenas un 11% de la cosecha. Es un sistema que, en los números de este estudio, nace en rojo: cualquier brote solo profundiza una ecuación que ya venía perdiendo.

Conviene ser honestos con lo que el estudio pudo y no pudo medir. Como en Estados Unidos operan muy pocas piscigranjas de salmón, los investigadores modelaron una sola escala para proteger la confidencialidad de esos negocios. Por eso, a diferencia de la trucha, no pudieron comparar cómo cambia el golpe según el tamaño de la granja salmonera. Lo que sí quedó a la vista fue la magnitud del riesgo en términos absolutos: un vaciado sanitario total de la granja de salmón en jaulas —la operación más grande de todo el estudio— implicó una pérdida de 19,3 millones de dólares, la más alta de todos los escenarios analizados.

La paradoja sanitaria del tanque cerrado

Esa fragilidad económica del RAS convive con una virtud sanitaria genuina. Al estar cerrado y aislado del ambiente, es más difícil que un patógeno entre a un sistema de recirculación. Pero cuando entra, la altísima densidad de peces y el reciclado constante del agua pueden dispersar la enfermedad por toda la instalación en tiempo récord. Alta protección de entrada, alta vulnerabilidad interna. Y el problema económico no es exclusivo del salmón: la trucha criada en RAS tampoco resultó rentable en ninguno de los escenarios modelados. Cualquier brote empeora una ecuación que ya estaba en rojo.

Cuando el pez sobrevive pero igual no se vende

Hay un detalle que los productores de trucha recreativa conocen bien y que el estudio subraya: a veces el problema no es que el pez muera, sino que sobreviva feo. Los peces que superan un brote agudo de IHNV pueden desarrollar escoliosis —una curvatura de la columna que les deforma el cuerpo—. Los investigadores documentaron que entre el 2% y el 4% de las truchas que sobrevivieron a un brote agudo quedaron con estas deformidades que las volvieron invendibles. Para una granja que vende peces vivos a clubes de pesca, un pez torcido es un pez que nadie quiere, aunque esté perfectamente sano.

Este tipo de pérdida por morbilidad —crecimiento lento, conversiones de alimento peores, peces de segunda— se suma a la mortalidad directa y explica por qué el impacto económico real de una enfermedad casi siempre es mayor de lo que sugiere el conteo de peces muertos.

El costo que se derrama sobre toda la cadena de valor

El daño no se queda dentro del alambrado de la piscigranja. Cuando una granja factura menos, también le compra menos al fabricante de alimento, al proveedor de equipos, al transportista. Y despide gente. Los investigadores calcularon que cada 1% de caída en las ventas nacionales de salmónidos supone 3,9 millones de dólares de producción económica y 22 empleos. Si el golpe escalara a un 25% de las ventas nacionales, la cuenta treparía a 98,7 millones y 541 empleos perdidos, muchos de ellos en zonas rurales donde estas granjas suelen ser uno de los pocos motores de trabajo.

Por eso el estudio insiste en un punto de política pública: cuando una autoridad ordena un vaciado sanitario, la rapidez con que llegue la indemnización y la compensación puede ser lo que decida si una granja pequeña reabre o desaparece para siempre.

De vuelta al productor

Volvamos a nuestro productor de trucha. La próxima vez que vea unos peces raros, el cálculo mental que haga ya no será a ciegas. Ahora hay números que le ponen contexto a su angustia: sabe que su granja, por ser chica, cruza el umbral del peligro mucho antes que las grandes; sabe que una respuesta regulatoria severa podría significar no una mala temporada, sino el fin del negocio; y sabe que cada dólar invertido en bioseguridad, ovas certificadas y detección temprana es, en realidad, un seguro contra un escenario que puede multiplicar sus pérdidas por quince.

El estudio no elimina el riesgo de la enfermedad —eso ninguna investigación puede hacerlo—. Pero le da a ese productor y a los que diseñan las políticas que lo protegen, algo que antes no tenían: una idea clara de dónde está la línea entre el susto y la quiebra. Y saber dónde está la línea es el primer paso para no cruzarla.

Contacto
Carole Engle
Engle-Stone Aquatic LLC
Strasburg, Virginia 22657, USA
Email: caroleengle2015@gmail.com

Referencia (abierto)
Engle, C., Hegde, S., Kumar, G., Ellis, C., & Fornshell, G. (2026). Economic effects of disease outbreaks on U.S. Salmonid farms. Journal of the World Aquaculture Society, 57(4), e70125. https://doi.org/10.1111/jwas.70125