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El europeo come menos pescado, pero cada vez más viene de tu granja acuícola: qué revela el nuevo informe de la EUMOFA

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By Milthon Lujan

Informe EUMOFA (julio 20269) del consumo de productos pesqueros y acuícolas en la Unión Europea.
Informe EUMOFA (julio 20269) del consumo de productos pesqueros y acuícolas en la Unión Europea.

En un puesto de pescado de un supermercado en Madrid, el mostrador de hielo cuenta una historia sin necesidad de palabras. Donde hace diez años había merluza entera, sardinas y bonito, hoy dominan bandejas selladas: lomos de salmón porcionados, filetes de dorada limpios, camarón pelado y listo para la sartén. El cliente que se acerca no pide que le abran el pescado ni pregunta por la lonja. Agarra la bandeja, mira el precio por unidad —no por kilo— y sigue de largo.

Esa escena, repetida miles de veces al día en toda Europa, es el resumen visual de un cambio profundo que un nuevo informe acaba de poner en números. Y para quien produce pescado en una granja, esos números tienen una lectura que conviene no perderse.

El estudio de julio de 2026, publicado por el European Market Observatory for Fisheries and Aquaculture Products (EUMOFA) de la Comisión Europea, analizó una década completa de consumo de pescado y marisco. Vale hacer una aclaración de la metodología del estudio: las cifras generales —volúmenes, consumo por habitante, tendencias por especie, precios— cubren los 27 países de la UE y se apoyan en el balance de suministro de EUMOFA y en la encuesta Eurobarómetro, con más de 26.000 personas consultadas en toda la Unión.

En cambio, el trabajo más fino —las entrevistas a productores, mayoristas, retailers e institutos de investigación, y la lectura de por qué cambian los hábitos— se concentró en seis mercados representativos: España, Francia, Italia, Polonia, Países Bajos y Austria, elegidos para cubrir situaciones distintas de consumo. Con esa salvedad en mente, la conclusión de fondo es incómoda a primera vista: los europeos comen cada vez menos pescado. Pero cuando uno abre la caja negra de ese descenso, aparece una segunda historia mucho más interesante para el sector acuícola. Mientras la «torta» se achica, la porción que corresponde a las especies de granjas acuícolas crece. La acuicultura no está viviendo la misma crisis que la pesca. En varios mercados, está ocupando el lugar que la pesca deja vacío.

Puntos clave del estudio

  • El consumo total de pescado y marisco en la Unión Europea cayó 21% entre 2014 y 2023, y el consumo por persona llegó a su nivel más bajo en una década (22,9 kg).
  • Sin embargo, las especies de acuicultura —salmón, lubina, dorada, trucha, camarón— resistieron o crecieron, mientras muchas especies de pesca tradicional se hundían.
  • La razón no es solo el gusto del consumidor: los supermercados prefieren especies con suministro predecible y precio estable, y eso favorece a lo que sale de granjas y de importación.
  • La conveniencia (listo para cocinar, listo para comer) es hoy uno de los motores de consumo más fuertes, sobre todo entre los jóvenes que ya casi no saben limpiar un pescado.
  • El precio pesa, pero no lo explica todo: el salmón sigue siendo la especie más consumida de Europa pese a ser cara. Disponibilidad, hábito e imagen mandan tanto como la etiqueta de precio.

Por qué cae el consumo de pescado en Europa

Durante años, el pescado fue en muchos países europeos un alimento de rutina semanal, especialmente en los países costeros del sur. Portugal y España siguen encabezando el consumo por habitante, y todavía hoy un español que vive a menos de cinco kilómetros del mar come pescado con una frecuencia que un austríaco de tierra adentro ni se imagina.

Pero el hábito está cambiando. El consumo aparente de la UE pasó de casi 13 millones de toneladas en 2014 a poco más de 10 millones en 2023. La caída se aceleró después de 2019, empujada por una seguidilla de golpes —la crisis sanitaria, la energía, la inflación— que desordenaron los bolsillos y las costumbres de los consumidores. El patrón más consistente que detectó el informe no es tanto que la gente coma menos cada vez que come pescado, sino que come pescado menos veces. El consumo semanal en casa se desplomó y en su lugar crecieron el consumo ocasional y el de fuera del hogar, en restaurantes.

Detrás de eso hay un problema generacional que cualquiera con hijos reconoce. Las generaciones más jóvenes tienen menos costumbre de comer pescado, cocinan menos y, sobre todo, han perdido la habilidad de prepararlo. Un pescado entero, con espinas y olor, es para muchos de ellos un obstáculo, no una comida. El informe lo dice con crudeza: entre las razones para no comer pescado, la dificultad de prepararlo y limpiarlo aparece cada vez más arriba.

Acá es donde la historia se bifurca. Porque ese mismo consumidor que le esquiva al pescado entero no le esquiva al filete de salmón listo para el horno ni al poke de atún ni al sushi. Y esas son, casi siempre, especies que salen de una granja acuícola o de una cadena de suministro industrializada.

La acuicultura ocupa el espacio que deja la pesca

Ahora demos una mirada a lo que pasó especie por especie y el contraste salta a la vista. El bacalao, una de las estrellas históricas del plato europeo, se derrumbó un 43% en una década, arrastrado por recortes de cuota que dejaron al mercado sin producto y con precios por las nubes. La merluza cayó, los mejillones cayeron, las sardinas cayeron.

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Del otro lado del mostrador, el salmón se mantuvo como la especie más consumida de toda la UE, con más de un millón de toneladas al año. El camarón de aguas cálidas subió. El atún, en sus distintas presentaciones, tuvo aumentos espectaculares. Y en países como Italia y España, el informe señala de manera explícita un fuerte aumento del consumo de especies que provienen de cadenas de acuicultura estables, como la lubina y la dorada. En España, mientras el consumo general se hundía un 27% en volumen entre 2015 y 2024, la lubina creció un 29%, la dorada un 5% y el salmón ahumado un 18%.

No es casualidad, y ahí está la clave que el informe subraya una y otra vez: el consumo ya no lo define solo lo que el consumidor prefiere, sino lo que el sistema de venta pone a su alcance. Los grandes supermercados, que en Europa concentran cerca del 79% de las compras de pescado, arman su oferta alrededor de especies que les resuelven un problema de negocio. Necesitan volumen todo el año, precio predecible y calidad pareja para poder planificar promociones y no quedar con el mostrador vacío. La pesca salvaje, sujeta a cuotas, temporadas y clima, no siempre puede darles eso. La acuicultura sí.

Es la misma lógica por la que Europa importa alrededor del 70% del pescado que consume. La producción propia de la UE cayó un 37% en la década, casi toda por el lado de la pesca. Y cuando uno mira los niveles de autoabastecimiento de las especies más consumidas, el panorama es elocuente: el salmón está en apenas 1%, el abadejo de Alaska en 0%, el camarón en 11%. Entre las seis especies que se llevan la mitad del consumo europeo, solo el mejillón supera el 50% de autosuficiencia. La trucha (84%) y la dorada (74%), en cambio, muestran hasta dónde la acuicultura puede sostener el abasto interno cuando la pesca no da.

La conveniencia manda (y estandariza el plato)

Si hay una palabra que atraviesa todo el informe, es conveniencia. En los seis países estudiados —España, Francia, Italia, Polonia, Países Bajos y Austria— los operadores, más allá de la discusión de su procedencia (salvaje o granja), repitieron el mismo diagnóstico: el consumidor quiere un producto fácil de preparar, porcionado, empacado, listo para cocinar o directamente listo para comer.

Esto es una oportunidad enorme para las especies de granja, porque son justamente las que mejor se prestan a esos formatos. Un estudio citado en el informe encontró que el consumidor está dispuesto a pagar medio euro más por kilo por un producto listo para cocinar frente a uno entero. El filete, la porción sin espinas, el ahumado, el envasado en atmósfera protegida: todo eso agrega valor y todo eso encaja mejor con salmón, trucha, lubina o dorada que con un pescado de lonja variable.

Pero el informe también enciende una luz amarilla. Esa misma marcha hacia la conveniencia está estandarizando el consumo en torno a un puñado de especies. Cuando el mostrador se reduce a salmón, atún, camarón y dos o tres más, el consumidor pierde de vista la enorme diversidad de pescado disponible, y sobre todo pierde el sentido de la estacionalidad. Para la acuicultura eso es un arma de doble filo: te abre la puerta si producís una de esas especies dominantes, pero angosta el mercado para quien apuesta a diversificar.

El precio importa, pero no explica todo

Cualquier productor sabe que la inflación de los últimos años golpeó el bolsillo del consumidor, y el pescado no fue la excepción. Los precios del pescado y el marisco subieron alrededor de un 45% desde 2015, un ritmo parecido al de la carne. Y como el pescado ya partía de un precio más alto, esa suba reforzó la idea de que es un producto caro, empujando a algunos consumidores hacia proteínas más baratas como el pollo o el huevo, o hacia especies de pescado más económicas.

Sin embargo —y esto es lo que más se repite en las entrevistas del informe— el precio no alcanza para explicar el comportamiento del consumidor. El caso testigo es el salmón: caro, y aun así la especie número uno de Europa. Si el precio mandara solo, no debería ser así. Lo que sostiene al salmón es una combinación de disponibilidad permanente, hábito instalado, imagen de producto saludable y facilidad de preparación. En otras palabras: el salmón ganó porque campañas coordinadas, formato conveniente y presencia constante en góndola construyeron un producto que la familia europea incorpora sin pensarlo.

Esa es probablemente la lección más valiosa del estudio para el sector. No se trata solo de producir más barato, sino de producir algo que el consumidor perciba como confiable, disponible y fácil de preparar.

La sostenibilidad, todavía secundaria pero subiendo

Hay un cuarto factor que crece despacio pero firme: lo ambiental, social y ético. Todavía queda por detrás del precio, la apariencia y la conveniencia a la hora de decidir la compra, y pesa más entre los consumidores jóvenes y en países del norte. En los Países Bajos, por ejemplo, los supermercados ya solo ofrecen especies clasificadas como sostenibles según herramientas como el semáforo de VISwijzer, y retiraron las que quedan en rojo.

Para la acuicultura, esto es una cancha propicia. La certificación y la trazabilidad, que muchas veces se viven como un costo, se están convirtiendo en una llave de entrada al retail europeo, sobre todo en el norte del continente. El informe destaca que estas consideraciones pesan más en las relaciones entre empresas (B2B) que en la góndola final —pero es precisamente en ese eslabón B2B donde el productor negocia.

Volvamos al mostrador

Aquel puesto de pescado de Madrid, con sus bandejas selladas de dorada y salmón donde antes había merluza entera, ya no es una anomalía. Es el mapa del mercado europeo tal como quedó dibujado después de una década de crisis, cambios de hábito y presión de precios.

La foto grande dice que Europa come menos pescado. Pero la letra chica, la que importa para quien está parado en la orilla de un estanque o al lado de una jaula, dice otra cosa: el pescado que Europa sí sigue comiendo es, cada vez más, pescado de granja. Salmón, trucha, dorada, lubina, camarón —las especies que ofrecen lo que el supermercado necesita y lo que el consumidor apurado busca— no están eligiendo el resto. Están tomando el lugar que la pesca deja libre.

El desafío para el productor acuícola no es, entonces, remar contra una marea que baja. Es entender que la marea se está reacomodando, y colocarse justo donde el agua sube.

Referencia (acceso abierto)
European Market Observatory for Fisheries and Aquaculture Products. (2026). Consumption of fishery and aquaculture products in the EU (KL-01-26-030-EN-N). Publications Office of the European Union. https://doi.org/10.2771/1497235