
Son las seis de la mañana en una camaronera del Golfo de Guayaquil. El técnico rema despacio en la canoa, lanza la atarraya sobre el mismo punto de siempre —cerca de los comederos, donde «todo el mundo sabe» que el camarón se junta— y saca el copo lleno. Anota el peso, calcula la biomasa de toda la piscina a partir de ese puñado de animales y con ese número decide cuánto balanceado echar en los próximos días. Es la rutina de miles de camaroneras en Ecuador y en todos los países productores de este crustáceo. Y esa rutina, según un nuevo estudio hecho en piscinas comerciales de 5 hectáreas, podría estar dándote un número errado.
Porque el camarón no se reparte parejo dentro del estanque. Se concentra en unas zonas y evita otras de forma tan consistente que ignorarlo distorsiona todo lo que viene después: el muestreo, la ración, la ubicación de aireadores y hasta dónde deberías estar mirando cuando el agua empieza a fallar.
- 1 Puntos clave del estudio
- 2 Un problema tan viejo como las piscinas de tierra
- 3 Cómo lo averiguaron: atarraya, estacas y mucha paciencia
- 4 Lo que encontraron: el camarón hace cardumen y le huye a lo hondo
- 5 La mesa: donde crecen los grandes
- 6 Qué hacer en tu camaronera
- 7 De vuelta a la canoa
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Puntos clave del estudio
- El camarón juvenil se distribuye de forma agregada, no al azar por la piscina. Forma cardúmenes y ocupa unas zonas más que otras durante todo el ciclo.
- La «cuneta» (borrow pit), la zona profunda del borde, es la que menos camarón concentra. Hay significativamente menos animales ahí que en la mesa o en el área de comederos.
- La profundidad es el factor que mejor predice dónde está el camarón, y la relación es inversa: a más profundo, menos camarón.
- En la mesa —la zona amplia y homogénea— se capturaron los camarones más grandes. El peso promedio ahí fue significativamente mayor que en la cuneta.
- Muestrear siempre en el mismo lugar sesga tu estimación de biomasa. Entender el mapa real del camarón mejora el muestreo, la alimentación y la aireación.
Un problema tan viejo como las piscinas de tierra
Cualquiera que maneje una camaronera de tierra en Ecuador conoce la anatomía de sus piscinas. Están la mesa, la superficie amplia y plana que ocupa casi toda el agua; los comederos, donde se reparte el balanceado o se instalan los alimentadores automáticos; y la cuneta o borrow pit, esa zanja profunda que corre por los bordes y que no se cavó a propósito, sino que quedó como cicatriz de haber sacado tierra del propio suelo para levantar los muros. En esa zanja, por el propio movimiento del agua, se acumula el lodo orgánico.
Durante años se asumió que el camarón anda por todas partes y que, a la hora de comer, se apiña alrededor de los comederos. Con esa idea se decidió dónde muestrear, dónde poner aireadores y cómo calcular cuánto alimento echar. Parece lógico. El problema es que casi nadie había medido, dentro de piscinas comerciales de verdad —no en tanques de laboratorio—, si el camarón realmente se comporta así.
Y ahí es donde entra este trabajo. Un equipo de la Universidad Técnica de Machala (UTMACH) y de la Federal University of Santa Catarina, en Brasil, estudió durante 50 días a la camaronera Kishor S.A., en la Isla Inglesa, para responder dos preguntas incómodamente simples: ¿el camarón se reparte al azar o forma grupos? Y ¿qué parámetros de la piscina determinan dónde se para?
Cómo lo averiguaron: atarraya, estacas y mucha paciencia
El método fue tan artesanal como riguroso. Eligieron tres piscinas vecinas (de 4.9, 5.2 y 5.5 hectáreas) y dividieron cada una en 24 cuadrantes marcados con estacas de madera, cubriendo toda la superficie. En el centro de cada cuadrante lanzaban la atarraya —no pegados al comedero, para no falsear el conteo—, contaban y pesaban cada camarón, y lo devolvían al agua. Cada punto quedaba a unos 47 metros del siguiente.
Repitieron el ejercicio tres veces a lo largo del cultivo, coincidiendo con tres tallas: chicos (6.86 g), medianos (13.47 g) y grandes (20.94 g). La idea era ver si el reparto cambiaba a medida que el animal crecía. En paralelo, en cada uno de esos 24 puntos midieron temperatura, oxígeno disuelto, pH, salinidad, transparencia con disco Secchi, luz incidente y profundidad. En total, 216 lances de atarraya por piscina como base de datos.
Para saber si el camarón se agrupa o no, usaron una herramienta estadística sencilla llamada índice de dispersión. Funciona como un termómetro del «amontonamiento»: si da 1, el reparto es al azar; si da más de 1, el camarón está agregado en grupos; si da menos de 1, está distribuido de forma pareja. En este estudio, el índice dio consistentemente por encima de 1 en todos los casos.
Lo que encontraron: el camarón hace cardumen y le huye a lo hondo
El primer hallazgo es que el camarón se agrupa siempre, sin importar la talla, la zona ni la piscina. No se dispersa: forma cardúmenes y se mueve en conjunto, un comportamiento que ya se había descrito en otros peneidos y que aquí se confirmó bajo condiciones comerciales reales. Eso sugiere que agruparse no es una reacción puntual al ambiente, sino un rasgo de conducta propio del animal.
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El segundo hallazgo es el que tiene consecuencias directas en tu bolsillo: la cuneta profunda concentra mucho menos camarón. Mientras en la mesa y en el área de comederos la densidad rondaba los 6.3–6.5 camarones por metro cuadrado, en la cuneta bajaba a casi 5. Y cuando el equipo metió todas las variables ambientales en un mismo modelo, la profundidad se destacó como el mejor predictor de todos, con una relación inversa clarísima: cada centímetro de más abajo, menos camarón arriba.
¿Por qué? El estudio no midió el sedimento directamente, pero apunta a una explicación conocida. Las zonas hondas acumulan materia orgánica y tienden a desarrollar condiciones menos amigables —menos oxígeno en el fondo y acumulación de metabolitos tóxicos como el amoníaco y el ácido sulfhídrico. El camarón, sencillamente, prefiere no quedarse ahí.
Después de la profundidad, la temperatura y el peso del animal también pesaron. Ambas con relación directa: donde el agua estaba un poco más tibia, había más camarón, algo esperable en un animal de sangre fría cuyo metabolismo y actividad dependen del calor del agua. Curiosamente, la temperatura estuvo por debajo del rango ideal de alimentación reportado en laboratorio, y aun así movió la aguja: incluso las variaciones pequeñas que se dan en el día a día de una piscina comercial influyen en dónde se ubica el camarón.
Otras variables que uno esperaría protagónicas —oxígeno disuelto, pH y luz— no mostraron efecto claro. En el caso del oxígeno, probablemente porque la aireación mantenía valores tolerables en toda la piscina. Y la luz apenas se asoció con nada, algo coherente con un agua turbia donde el sol no penetra: bajo esas condiciones, la iluminación deja de mandar sobre un animal de fondo.
La mesa: donde crecen los grandes
Hay un detalle que ningún productor debería pasar por alto. La mesa no solo concentra camarón: concentra los camarones más grandes. El peso promedio de los animales capturados ahí fue significativamente mayor que el de la cuneta. La mesa se comportó como un ambiente estable y homogéneo, probablemente con más alimento natural disponible y mejores condiciones, lo que la vuelve el «barrio residencial» preferido de los individuos de mayor talla.
El área de comederos quedó en un punto intermedio y, sorprendentemente, con ocupación más variable. Es decir: aunque el balanceado es un recurso clave, no es lo único que decide dónde se para el camarón. El animal se mueve entre zonas buscando al mismo tiempo comida, estabilidad ambiental y seguridad fisiológica. No vive pegado al comedero como suele suponerse.
Qué hacer en tu camaronera
Aquí es donde la ciencia se vuelve práctica. Si el camarón evita la zona honda y se concentra en la mesa, muestrear siempre en el mismo rincón —o peor, pegado al comedero— te da una foto sesgada de tu biomasa, y esa foto es la que usas para dosificar el alimento. Un muestreo que cubra las tres zonas funcionales da un número mucho más representativo.
La misma lógica aplica a la ubicación de comederos y aireadores: colocarlos donde el animal realmente está, y no donde asumimos que está, aprovecha mejor cada saco de balanceado y cada hora de motor. Y como la cuneta profunda es a la vez la zona con menos camarón y la más propensa a deteriorarse por acumulación de lodo, es exactamente el lugar que merece más vigilancia ambiental durante el ciclo.
Vale una aclaración honesta, y los propios autores la hacen: aunque la tendencia a agruparse fue clara, no llegaron a detectar un patrón de agregación estadísticamente estable y perfecto en todos los cortes. La ciencia rara vez entrega certezas absolutas; entrega direcciones bien fundamentadas. Y la dirección de este estudio es nítida: la profundidad manda, la cuneta repele, la mesa alberga a los grandes.
De vuelta a la canoa
Volvamos al técnico de las seis de la mañana. Si en vez de lanzar la atarraya siempre sobre el mismo punto cercano al comedero repartiera sus lances entre la mesa, el área de alimentación y la cuneta, obtendría una lectura de biomasa mucho más fiel a lo que de verdad nada bajo el agua. Ajustaría la ración con datos, no con suposiciones. Revisaría la zanja profunda no porque ahí esté el camarón, sino precisamente porque no está —y eso, en una piscina de tierra, suele ser la primera señal de que el fondo empezó a deteriorarse.
El camarón, resulta, ya nos venía diciendo dónde vive y dónde no. Solo hacía falta repartir mejor los lances de la atarraya para escucharlo.
Contacto
Marco Shizuo Owatari
Laboratory of Algae Cultivation, Aquaculture Department, Federal University of Santa Catarina
Florianópolis, Brazil
Email: marco.owatari@ufsc.br
Referencia
Blacio, W. A. M., Agila, E. D. A., Owatari, M. S., & Arana, L. A. V. (2026). Spatial distribution of juvenile Penaeus vannamei cultivated in earthen ponds: Effect of functional zoning and water quality parameters. Aquacultural Engineering, 115, 102783. https://doi.org/10.1016/j.aquaeng.2026.102783
Editor de la revista digital AquaHoy. Biólogo Acuicultor titulado por la Universidad Nacional del Santa (UNS) y Máster en Gestión de la Ciencia y la Innovación por la Universidad Politécnica de Valencia, con diplomados en Innovación Empresarial y Gestión de la Innovación. Posee amplia experiencia en el sector acuícola y pesquero, habiendo liderado la Unidad de Innovación en Pesca del Programa Nacional de Innovación en Pesca y Acuicultura (PNIPA). Ha sido consultor senior en vigilancia tecnológica, formulador y asesor de proyectos de innovación, y docente en la UNS. Es miembro del Colegio de Biólogos del Perú y ha sido reconocido por la World Aquaculture Society (WAS) en 2016 por su aporte a la acuicultura.




